Desde que las fotografías no se pasan al papel, la desmemoria termina por imponerse.
El proceso es tan sencillo como frecuente: acudes al lugar del ordenador donde crees que guardas las imágenes de ese o aquel viaje… y ya no están.
Ayer me volvió a pasar.
Quería acompañar mis recuerdos de París con las imágenes tomadas cuando pisé aquellas calles, pero han desaparecido. Todas. La carpeta está vacía.
Ahora me queda el recuerdo de la ciudad frente a la cámara, conmigo mismo parapetado detrás del visor, mirando la realidad desde dentro del propio cuerpo, como un ladrón de sensaciones ajenas.
Bien mirado, al hacer de la necesidad virtud nos unimos, fraternalmente, con toda la Humanidad.
Quizá por eso lo de lanzarme a escribir como si llegara de nuevo a la Estación del Norte, regurgitado de un vagón del RER tras aterrizar entre compañeros de viaje somnolientos parezca una buena idea.
Más que eso, se antoja una acuciante tabla de salvación: si perdemos los recuerdos, nos perdemos a nosotros mismos.
Llegado a ese punto es cuando intuyes que a París sólo se la conoce cuando la evocas, no cuando intentas descubrirla o cuando tienes la incómoda certeza de sufrirla. Y no me refiero sólo a la condena cotidiana de quedar atrapado en el Periférico o al riesgo constante de ser fatalmente atropellado por una trottinette en una acera o por una bicicleta en un bulevar. O la incapacidad manifiesta que todos tenemos para atisbar los pensamientos de demasiados parisinos.
París sólo es París cuando la redescubres en tus evocaciones. Es así. No hay más. Ni fotos siquiera.
Así ocurre, por ejemplo, con el inabarcable Louvre, que no es sólo un palacio reconvertido en Museo sino la pirámide de cristal que esperaba a engullirte hasta las entrañas del arte. Pero también, la Victoria de Samotracia tirando de ti escaleras arriba. O Mesopotamia entera saliendo a tu paso. O las esculturas inacabadas de Miguel Ángel decepcionándote, como ya te ocurriera con la Pietà del Vaticano. O las vitrinas inacabables de porcelana de Sèvres sin que sepas, siquiera hoy, cómo llegaste hasta allí.
Pero es, sobre todo, la estela de la dama Taperet, que te entretuvo en su historia, anverso y reverso, como quien se encuentra con una vieja amiga a la que en realidad no había conocido hasta hoy. Y también es, a pocos pasos, ese vestido de mujer de hace 4.000 años, de lino plisado, que recuerdas de un tenue color naranja y que encierra dentro de sí para toda la eternidad un espíritu que imaginas cargado de belleza, como quizá fuera ella.
París son los asientos metálicos del Jardín de las Tullerías, que uno no sabe si añoran más el sol que tanto se echa de menos o ese culo que les dé sentido a la sombra de los árboles.
París es Camus saliendo de trabajar de su despacho en Gallimard, donde acaba de terminar el prólogo de las «Maximes et pensées» de Chamfort, ese cínico genial al que nunca admiró. Sube hasta Montmartre, quizá a caer en los brazos de María Casares en ese piso recoleto en la recoleta plazuela donde vivió.
París es el Museo de Orsay, donde aún resuena el pitido de los trenes de vapor y donde puedes darle la vuelta al tiempo asomándote desde dentro a ese monumental reloj que marca las horas de la ciudad junto a tanta belleza impresionista. Tú y las agujas mirando el Sena desde lo alto.
París es la bailarina prisionera en una vitrina del museo, una de las escasas copias que se hicieron a partir del original de Degas. Una niña triste, de mustio tutú y de incierta historia.
París es Edith Piaf cantando, rota la voz, la triste historia de la niña prostituta, más prostituida incluso que las bailarinas, más olvidada que ellas si no fuera por esa letra que no es suya pero que sólo con ella nos ha roto el alma así. La inabarcable Edith, criada en el lupanar normando donde su abuela era la madame.
París es Degas caminando por la acera del Boulevard de Clichy, captado por accidente en los fotogramas de un brevísimo documental, viejo y ausente, con su larga barba blanca. Sus ojos, fugaces como su propia imagen, miran sin ver.

París es caminar en dirección contraria por esa misma calle, para no llegar al Moulin Rouge sino al cementerio de Montmartre, donde la familia enterró al pintor en el panteón de los De Gas. Allí siguen sus cenizas y su recuerdo. Sus obras, en cambio, vuelan inmóviles por los museos de medio mundo.
París es Caillebotte, porque sus cuadros reflejan lo mejor de esta ciudad, su mayor esplendor, en el momento en que todo el arte confluía aquí. Para los impresionistas a los que admiraba él sólo fue un recurrente pagafantas. Para nosotros, es el guía perfecto por la ciudad que añoramos sin haberla vivido.
París es Rodin en su museo, del mismo modo que «El beso» fue para tantos la inefable portada del libro de sexología donde queríamos encontrar lo que la censura de Franco nos hurtaba.
París es Brassaï porque Brassaï es el París que nunca verás pero que es parte de ti aunque no lo sepas. Se puede ser arrebatadoramente francés naciendo en Rumanía y un magnífico fotógrafo por necesidad y casi sin pretenderlo. La noche más viva está en toda su obra, desde lo hermosamente siniestro de un adoquinado humedecido por la niebla hasta el vacío que llega tras un orgasmo. Búscalo y lo disfrutarás.
París es, también y quizá más ahora que en otras décadas, el temor fundado a la inseguridad. ¿Qué habrá sido del timador que pretendía venderte un vestido de alta costura en una calle paralela a los Campos Elíseos? Nunca un estafador te aduló tanto sin pretenderlo, a ti que eras un simple español recién casado y de pocos recursos.
París es el Arco del triunfo y las derrotas napoleónicas convertidas en victorias. Remember Bailén, Napo!
París es Montmartre, sí, pero no sólo la Rue Lepic buscando a «Amélie», sino por la infinita relación de escritores olvidados que subían hasta aquí para sus veladas sin fin.
París son sus cafés, como bien supieron Sartre, Simone de Beauvoir y el cambiante rebaño que apacentaban. París son sus cafés, sobre todo, por sus camareros. Incluso antes de la Guerra del 14 ganaron una batalla poco conocida: la de conseguir el derecho a servir con bigote en sus trabajos del mismo modo que servirían con bigote en las trincheras. El moustache, hasta 1907, estaba reservado a los señores. Una huelga y el sentido común vencieron esa vez al clasismo. Ahora, por favor, no se dirijan a ellos como garçon, sino como monsieur. Se lo merecen desde hace más de un siglo.
París es la plaza de los Vosgos y todos los rincones que aparecían en las películas del cineclub, cuando éramos jóvenes los que nunca hemos pretendido dejar de serlo. El tiempo pasaba morosamente lento en aquellos sesiones. Más lento que ahora.
París es Fernando Arrabal, que sigue vivo y empeñado en vivir. Si corres, quizá aún te lo encuentres paseando por el Parque Monceau.
París es el de Céline antes de ir a la guerra. O el del protagonista de Pierre Lemaitre.
París son las banderas francesas en sus rotondas mientras se diluye el orgullo republicano.
París es lo eterno y también la muerte, quizá en el mismo hospital del penúltimo héroe sin virtudes de Houellebecq.
Sobran razones para volver a París. A pesar de París.