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La Crónica de Guadalajara
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Martes, 11 de diciembre de 2018

La mujer que ha ido a trabajar con dos bolsos en bandolera

Audiencia Provincial de Guadalajara. (Foto: La Cró[email protected])
Actualizado 6 noviembre 2018 10:06  
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Aquel lunes, 5 de noviembre de 2018, seguramente no hubo en Guadalajara ninguna otra mujer que anduviera por la calle con dos bolsos en bandolera. Ella, sí, entrando a trabajar bien pronto.

Aún faltaba un buen rato para que el Paseo de las Cruces se llenara de los críos camino del colegio "Rufino Blanco", múltiples razas unidas por el mismo guirigay infantil, ese idioma universal. Por no haber, no quedaba ya ni un periodista de los muchos que en días previos habían ocupado con cámaras, trípodes, micrófonos e incluso altillos el bulevar más transitado de la capital.

Aquel lunes, sí, Elena Mayor podía entrar en la Audiencia Provincial sin nadie que la atosigara, porque nadie había por los contornos, salvo este que les escribe. La jueza que había llevado con tanta firmeza como inteligencia el desarrollo de la vista contra Patrick Nogueira, empezaba la semana con dos bolsos (uno burdeos; el otro, muy florido) y ambos de más que generosas proporciones. En una mano, además, una bolsita de papel. El paso, acelerado, como el de cualquiera, hombre o mujer, que se apreste a comenzar la jornada laboral.

Tenía por delante la magistrada la tarea de redactar una sentencia que se amparase en la verdad de la cosa juzgada, que no contradijese el veredicto del jurado y que, en la medida de lo posible, no diera pie a espectáculos circenses o mediáticos de quienes tienen por costumbre perpetrarlos.

Mientras en la sala se decidía el futuro penal del asesino de Pioz, en la calle eran muchos los que no entendían para qué un jurado. Así llevamos desde 1995, cuando el marido de la pianista, el ministro Belloch, sacó adelante esta figura, que ya estaba incluida desde 1978 en la Constitución Española.

Después de tantos años, esto sigue sin convencer a casi nadie, asustando preventivamente a muchos y asombrando al resto, por lo innecesario de una figura que pone a nueve ciudadanos en la tesitura de ser lo que no son: jueces ante un reo. Ellos, que son elegidos, además, entre legos en Derecho, como marca la norma.

Hubo un tiempo en que en España las puñetas marcaban territorio. Esos encajes blancos en la bocamanga, tan parecidos a los de los eclesiásticos, representaban un poder se suponía que ajeno a las veleidades de la calle. Quizá nunca fuera realmente así y cada cual se sometiera al Poder como mejor pudiera o como más le convino, tanto en las fugaces democracias como en las persistentes dictaduras. Y aun así, las togas imponían respeto. Y con puñetas, mucho más. En este juicio, las llevaban la Fiscal Jefe, Rocío Rojo, más la jueza y el secretario. Nadie más.

El pueblo, "la gente" que dicen otros, eran nueve jurados y dos suplentes. Dos mujeres y siete hombres. Casi todos en la treintena. El presidente, un hombre serio y con aire responsable, no lucía puñetas sino un amplio surtido de tatuajes en sus antebrazos y un par de piercings. Enfrente, el acusado compareció desde el primer día disfrazado de estudiante despistado, inofensivo, como un niño desvalido.

Las apariencias no siempre tienen algo que ver con la realidad, del mismo modo que la tersa piel de una manzana puede esconder una carne podrida y agusanada como el alma de un pedazo de canalla venido de Brasil para matar a dos adultos y a dos niños.

Mal que bien, se terminará haciendo algo parecido a la justicia, porque el daño es imposible de reparar desde que en este mundo ya nadie resucita a los muertos, ni aquí ni por tierras de Palestina.

En el momento de escribir estas líneas, pasaban oleadas de niños gritando y riendo, camino del colegio. Entre las niñas, ninguna se parecía a la pequeña asesinada. Pero todas me la recordaban.

A ver si nunca la olvidamos. Ni a su hermano. Ni a sus padres. Ni al que los mató. Ese que seguirá viviendo a cuenta nuestra en una celda cuando muchos de nosotros ya hayamos muerto.


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