Lo respetable en los seres inanimados es que no se muevan y que tampoco lo intenten.
Vale lo anterior tanto para los políticos sedentes y silentes (asómense al Congreso y al Senado para ver ejemplos de esa subespecie que no conoce el riesgo de extinción) como para dos elementos que parecen creados en exclusivo beneficio de los talleres de chapa: las columnas de los garajes y los bolardos.
En ambos casos, se diría que tienen vida propia y aviesas intenciones, una inquina ancestral hacia los coches y los conductores que les mueve (porque se mueven) a hundirse en la puerta del automóvil o en ese lateral trasero donde nadie los ve y donde, supuestamente, no estaban. Pero estaban.
Uno se malicia que los bolardos crecieron en la ciudad más como símbolos de poder técnico-urbanístico que para preservar al peatón, que siempre ha tenido en la agilidad de la gacela su mayor herramienta defensiva a la hora de evitar el atropello. Crecieron y se reprodujeron, presumiblemente sin aparearse entre sí pero con la anuencia de muchos y el dinero de todos. Hasta que un día les llegó la condena, incumplida como tantas otras.
Alberto Rojo, como bien se encarga él de recordarnos a cada paso que da con sus fotos de Instagram, fue una vez alcalde de Guadalajara. Más aún, en diciembre de 2022 no tenía rival, en el sentido más literal del término, porque desde el PP aún no habían investido de candidata a Ana Guarinos.
Fue por entonces, en la antevíspera del sorteo del Gordo, cuando sentenció rotundo y enjundioso que dentro de la Zona de Bajas Emisiones el peatón sería el rey absoluto, la circulación obligatoriamente a muy baja velocidad en esas muchas calles y que todos los bolardos desaparecerían: «Vamos a quitarlos todos», insistió.
Curioso, por cierto, lo de los técnicos municipales empeñados en someternos a una intensa siembra de calles de coexistencia en una sociedad, en una capital y en un país donde no somos capaces de coexistir mínimamente, ni con volante ni sin él. Nos quieren mejores aunque no queramos.
En cualquier caso, no debió Rojo insistir lo suficiente en su promesa porque los bolardos están, incluso los que no dejan de moverse.
La hilandera de la Biblioteca hace tiempo que perdió el hilo y la rueca, convertido todo el entramado en algo flácido y melancólico, agravado por la terrible soledad de la niña inmóvil. El domingo pasado, 30 de abril del año de Nuestro Señor de 2025, un cachondo le puso un bolardo al lado, para entretenerla en su larga espera de un arreglo que nadie reclama.
Al día siguiente, otro bolardo de la misma familia, quizá un primo carnal o un hermano putativo, yacía en zona ajardinada, exhausto tras una noche feroz. A ciertas edades, sólo una fortaleza física de hierro permite salir indemne de las madrugadas sin reloj.

Esos dos son bolardos golfos y muy poco discretos. Los otros suman más y tienen garantizada la supervivencia: ya no aspiran a quitarlos ni de las calles de coexistencia.
Han ganado la partida. A mayor gloria del gremio de chapistas y como recuerdo permanente de que el poder no está en los alcaldes sino en la calle. A veces, en los votantes, sí, pero sobre todo en los objetos que nos hacen tropezar y maldecir cuando, inadvertidamente, los saludamos con un rodillazo. Y eso, duele.
Que ustedes lo paseen bien, entre estorbos ciudadanos.

