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La Crónica de Guadalajara | Opinión
MANU LEGUINECHE Y GUADALAJARA, UN VIAJE DE IDA Y VUELTA
Augusto González
28/09/2008
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

(En homenaje a Manu Leguineche, porque sí y porque quizá también sea pertinente en los tiempos que corren...)

Eran tiempos revueltos, de corazones al rojo, de enardecidos sobacos al viento y puestos de cara al sol. Vizcaíno Casas aún no había amenazado con resucitar a Franco al tercer año para enriquecer todavía más a un editor y a su estirpe a prueba de regímenes, incluso de adelgazamiento. En ese año de 1977 y desde una imprenta de esa Barcelona que aún respiraba libertad, dos hombres parapetados tras gruesas gafas de pasta se asomaban a los anaqueles de la historia desde una fotografía de pésima calidad, en la contraportada de un libro inusual. Eran Jesús Torbado y Manuel Leguineche, que flanqueaban a un "topo". Quien los miraba era yo, como lo he vuelto a hacer ahora, tres décadas después.
 
La mala encuadernación de aquel libro lo terminó por convertir en un frágil fósil de 481 páginas, de un indefinible marrón evanescente, cuajado de unas letras apretadas y no siempre bien definidas, hojas que arropaban un pliego de fotografías en blanco y negro que se empecina en volar, despegado, cada vez que lo rescatas de la estantería. Y aun así, ha sobrevivido.
 
En aquel 1977, con 16 años cumplidos, uno no andaba entre la reforma o la ruptura, como el lector podrá disculpar, sino entre aquella rubia y esa otra morena, guapas ambas y coincidentes las dos en no hacer caso de un chico desgarbado que, tartamudo contumaz, aspiraba a ser algún día algo así como periodista. Aquel libro era periodismo en estado puro, sin parecerlo. Fue la primera lección para el oficio. Fue toda una lección para la vida.
 
Entre las terribles historias de "Los topos" quiso el destino que hubiera dos cuyo escenario me fuese más cercano que otros. Ese propio destino, juguetón y sarcástico, también permitió que una de esas víctimas de la sinrazón fuera un "rojo" y la otra un "nacional". A Manuel Corral Ortiz le pusieron por sobrenombre para la ocasión "el topo azul", más de un año escondido por ser de Loranca en el momento menos oportuno. Peor le fue incluso a Andrés Ruiz, 20 años oculto en Armuña de Tajuña, enfoscado.
 
Andando los lustros y las guerras, que las hubo para dar y contar, Manuel Leguineche Bollar se fue haciendo "Manu", que es lo que correspondía... para terminar dejándose caer de nuevo por esta tierra de odios feroces, inquinas más agrestes incluso que la tierra llena de heridas que las regurgita cuando le viene en gana. Volvió de nuevo a estas tierras "Manu" buscando refugio, acomodo, descanso y partidas de mus. Todo eso lo encontró sobradamente, pero también la amistad franca de muchos y el cariño de muchos más. El escenario que fue de la sinrazón acabó siendo el de la convivencia. Se ve que somos buenos para el odio pero mejores aún para la hombría de bien. Deo gratias.
 
Armuña y Loranca, la Armuña y la Loranca que aparecían en ese libro, no son los pueblos que conocemos, ni los que aparecen en los folletos turísticos, ni los de las Páginas Blancas, ni los que se levantan por el esfuerzo de tantas generaciones. Esa Armuña y esa Loranca forman parte de la Guadalajara más real, mucho más auténtica que la que pueda figurar en el Catastro, porque es la que parió a las víctimas de la injusticia. Por más que digan, la Historia no siempre la escriben los vencedores... al menos, mientras haya moscas cojoneras empeñadas en saber la verdad o las verdades, sin excepción.
 
Queda mucho por escribir, mucha vida aparentemente exangüe pendiente de pasar al papel. Como aquel día, un solo día, en que otras cuatro guadalajaras también brillaron una décima de segundo antes de desaparecer de este mundo. El 12 de noviembre de 1942, Tartanedo, Torremocha, Trijueque y Albalate de Zorita morían sin más testigos que la fría bucrocacia nazi porque Julián Alonso Herranz, Antonio García Hombrados, Estanislao Ruiz López y Andrés Villanueva Ballesteros, sus hijos, expiraban juntos en el campo de exterminio de Mauthausen, como tantos millares de personas, con nombre y sin fronteras. Los pueblos que les vieron nacer siguen sobre los mapas, al pie de las carreteras e incluso se encienden de alegría durante las fiestas, cada verano.
 
Si somos, seamos nuestros recuerdos y que nadie nos los robe. Por eso, cuando el viejo volumen de Argos/Vergara, el de los puños cerrados emergiendo del suelo hasta llenar toda la portada, volvió a estar ante mis ojos se me llenó el alma de un agradecimiento estremecido a un vasco cansado, vecino de Brihuega y ciudadano del mundo. De este puto, cabrón y maravilloso mundo del que todos tenemos la obligación de hacer un retrato fiel... ya veremos luego si para amarlo, odiarlo o, simplemente, pretender mejorarlo.
 
Mientras tanto, gracias, “Manu”, por intentarlo.

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