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La Crónica de Guadalajara | Opinión
Hay miel que no empalaga
Augusto González Pradillo
06/08/2007
La opinión semanal de LA CRÓNICA DE GUADALAJARA

La miel de la Alcarria es uno de esos argumentos que esgrimimos cuando nos da el punto alcarreñista, dispuestos a hacernos creer a nosotros mismos que somos algo más que lo que somos: simples transeúntes de una provincia de tercera dentro de un país que no sabe muy bien hacia dónde va. Puestos a vivir de los topicazos y de las señas de identidad comunes, tampoco es de las peores y sí de las más dulces, lo que puede disculpar en parte el exceso.

En los tiempos del Seiscientos tuvieron cierto éxito unos adhesivos para el coche que rezaban exultantes eso de "Guadalajara, costa de la miel". Por entonces, los españoles aún recordaban con sorna lo de "Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos", eslógan que tanto se coreó en la Plaza de Oriente y aledaños incluso mucho después de que el occidente capitalista fuera capaz -en un gesto inverosímil, imposible de repetir- de taparse la nariz al tiempo que abrazaba a Franco. Si el común de los mortales lo intentáramos, nos faltarían manos. Es lo que tiene la alta política.

La miel, en fin, fue durante mucho tiempo poco más que un lema voluntarioso y los cantaritos de barro envueltos en celofán que se vendían junto a la estación de Renfe, con regular éxito. Poco más. Ni siquiera los juegos florales y los vates del tardofranquismo lograron elevar las colmenas alcarreñas a pedestales tan altos como se conseguirían luego con la llegada de la autonoqué.

Ya que había que dar algo de lo de todos a todos, a Guadalajara nos cayó una Denominación de Origen para la poca miel existente, decisión que sólo fue mejorada en su voluntarismo años más tarde por lo del vino mondejano, que ya venía bendecido por el remoto ejemplo primigenio de las bodas de Caná.

Con tanto empeño administrativo se pudo llegar a pensar que las abejas alcarreñas libarían con ahínco y haciendo horas extras espliego, romero y tomillo hasta dar razón de ser a una industria que oscila entre Valencia y China, basculando según quiera Nutrexpa. La cosa no da para más en lo económico.

Y en esas estábamos cuando es la ciencia la que nos reconcilia con nuestros despropósitos más domésticos y nos saca de paseo el orgullo, por una vez con fundamento.

Que de la casi nada apícola que es Guadalajara haya surgido la solución mundial al problema de la mortandad de las abejas es uno de esos milagros aparentes que reflejan, bien apegados todos a la realidad, que el ingenio humano no tiene límites cuando se alía con el trabajo bien hecho. Todo eso y algo más ha ocurrido desde hace muchos meses (los que salen de sumar siete años de esfuerzo) en Marchamalo y no por casualidad... sino por ser la sede del Centro Apícola Regional.

El "nosema ceranae" tiene sus años contados gracias a todo lo mucho investigado en estos laboratorios marchamaleros, que se han convertido en la referencia mundial para atajar una plaga de insospechadas consecuencias. Fueron los primeros en encontrar el porqué de las muertes de las abejas mientras muchos se empeñaban en atribuirla a las microondas de los portátiles, como si las abejas fueran de flor en flor con un móvil entre las alas. Ahora, vuelven a ser los primeros en dar con un tratamiento que tiene visos de resultar eficaz. Y lo están haciendo aquí, entre nosotros.

Andan los científicos estadounidenses de ese gremio más que revolucionados, ofendidos, perplejos, incapaces de aceptar que en una Alcarria que desconocen haya habido quienes se les hayan adelantado, dándoles sopas con onda científicas. Su penúltimo boicot a los investigadores del Centro Apícola de Marchamalo parece, no obstante, que llega tarde. Tan tarde como terminarán por llegar los reconocimientos locales a quienes, esta vez sí, han dado razón y fundamento para que enarbolemos orgullosos nuestra tradición apícola.

Ellos son más Alcarria que Cela y todos sus viajes sobre sí mismo. Por eso y por lo del "nosema", gracias.

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