Hay una creencia secular que atribuye a los enanos atributos sexuales de un tamaño mucho mayor del que por su corta estatura cabría suponer. Seguramente no haya nada de real en esa especie, pero tal presunción no es de las peores que le pueden caer a uno encima. Más grave puede resultar para la fama de cualquier varón rampante que en la calle le duden de su capacidad para enarbolar a voluntad el miembro, pues ya se sabe que los rumores nacen de la nada y terminan por ocuparlo todo, incluidas las alcobas.
Viene esto a cuento, aunque no lo parezca, de la crisis económica que tanto y tan intensamente nos está distrayendo de nuestras ocupaciones habituales. Viene a cuento, en el más amplio sentido de la expresión, ante la constatación de que los infundios sobre la solvencia de algunas de nuestras instituciones crediticias más cercanas ya han hecho su aparición en la calle, en las peluquerías, en la cola del pescadero y hasta en las salas de espera de los dentistas. Dolor sobre dolor.
Con esta panorama no ya en el horizonte sino en medio de la Calle Mayor, uno no sabe si tirarse al Metro o a la taquillera, dilema existencial de difícil solución. Jarrea la crisis y nuestros amados bancos y nuestras estimadas cajas siguen a lo suyo, que es silbar como si nada pasara, mientras intentan captar los ahorros del personal con ofertas de intereses inauditos esbozadas en triste papel, pegadas con cello en la cristalera de la entrada. Y en estas estábamos cuando la Caja de Guadalajara cambia de tercio e inicia una intensa campaña de obras de caridad con los ajenos, regalando una furgoneta por aquí, algún centenar de miles de euros por allá para alguna buena causa de las muchas que hay (sea aquí, allá o acullá) e inicia la erección, imponente erección, de su nueva sede más allá de Cuatro Caminos, arrimaditos a Ferial Plaza.
A la Caja de Guadalajara hay que presuponerle que tiene capacidad sobrada para ver lo que hay y lo por venir con perspectiva suficiente, siquiera porque se la da anualmente su recurrente globo con el que sobrevuela por la capital alcarreña, sobre sus habitantes y sobre sus problemas durante las Ferias y Fiestas. Mejor así que dudar del acierto de algunas decisiones que, vistas hoy y con lo que se prevé para los próximos años, no pueden menos que generar temor entre aquellos que aún relacionan el dinero y la prudencia.
Ha querido la crisis económica, con ese empeño suyo en mordernos y no soltar, que el ascenso de la nueva sede de la Caja de Guadalajara a las alturas coincida en el tiempo con los esfuerzos de la humanidad entera por buscar dinero hasta debajo de las piedras. Auguran que no lo encontraremos en cantidad apreciable al menos hasta 2010, más o menos cuando los siempre amables y eficientes empleados de Caja Guadalajara empiecen la mudanza desde el edificio de la calle Topete.
Precisamente ahí, en el ya vetusto inmueble que un día (hace mucho menos de medio siglo) pretendió ser lo más moderno de la ciudad, reside el acierto o el fracaso de esta operación inmobiliaria. Cuando se planteó, en otra Guadalajara dentro de otra España enfebrecida de dinero negro, las cuentas salían más fácilmente. Ni siquiera es suficiente con que el edificio lo construya una empresa de toda confianza, pues los trabajos hay que pagarlos y al precio convenido. Sean los 24 millones de euros que se dijeron en su momento o los 30 que les calculan otros, para recuperar la inversión y hacer caja, siempre se contó con vender el edificio actual, el de color indefinible pero tan céntricamente situado en la Plaza del Jardinillo.
De los rumores antiguos nada queda. De los ofertantes privados, lo que la Bolsa y la coyuntura permite, que en lo presente es casi nada. Ahora, a día de hoy, los potenciales compradores se reducen a uno: la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. En su aún reciente visita a la entidad habrá que suponer que la vicepresidenta Araújo algo diría al respecto, aunque no haya trascendido. Por eso elucubramos, ya que nadie se digna aportar un poco más de transparencia.
La crisis pasará. Caja Guadalajara cambiará de sede principal. Es posible incluso que ni siquiera se fusione antes-durante-o-después con CCM (que al paso que va la caja regional, lo suyo no se arregla ni con fusiones ni con infusiones). Llegará un día en que las sombras actuales las miremos desde el alivio de la prueba superada. En ese momento ya sabremos si alguien en la Junta de Comunidades supo combinar la palabra dada y las proclamas de ahorro con que de forma insistente nos machacarán desde Toledo para justificar la ausencia de inversiones que se avecina hasta el 2011. Dicho de otro modo: ¿de verdad se va a comprar con dinero público ese edificio para destinarlo a dependencias de la Administración regional, cuando acaban de tirar el viejo colegio "Cardenal Mendoza" para lo mismo, tras haber conseguido del Ayuntamiento de Guadalajara una recalificación "ad hoc" de esos terrenos? ¿Cómo se casa eso con la austeridad pregonada por todos los que mandan algo en la cosa, desde el presidente Barreda para abajo?
Mientras llega ese momento, siempre nos quedará la alternativa de plantarnos en la pasarela sobre la A-2 y observar cómo crece el nuevo baluarte de Caja Guadalajara. Han pretendido hacer de ese edificio un símbolo y lo han conseguido. Ahora sólo falta saber de qué.
Acotación al margen y con inmediatez:
A las pocas horas de publicado este artículo, la propia vicepresidenta Araújo confirmaba ante los periodistas que, en efecto, la Junta está interesada en comprarle el edificio a Caja Guadalajara. No está mal que la transparencia vaya llegando, aunque sea con sacacorchos y cuentagotas. Si la cosa cuaja, los balances de 2009 y 2010 le pueden quedar "niquelaos" a la entidad de crédito, tanto o más que la nueva sede y a tiempo para que algunos hasta saquen pecho. Cuando nos lo expliquen quizá nos lo iremos explicando. Si es que tiene explicación.
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