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No había razón para que ahora fuera diferente: no sólo las revoluciones y las guerras globales actúan a modo de aceleradores históricos; también las crisis profundas lo hacen, siempre que no se hayan convertido en endémicas.
Aunque los nobles franceses volvieran del exilio con sus atavíos y pelucas al modo de Luis XVI, sin nada que olvidar porque nada habían aprendido, los espíritus habían salido de la tormenta pese a la derrota de Napoleón; aunque el Deseado y abominable Fernando VII quisiera borrar el tiempo pasado como si nunca hubiera existido, España se incorporaría a lo largo del siglo XIX, entre crisis, avances, tropiezos y guerras civiles, al concierto europeo (dicho sea en el sentido vulgar y en el acuñado en el Congreso de Viena). La Revolución, las Constituciones, las Declaraciones de Derechos transformaron nuestro mundo para siempre y ya, pese a la reacción, nada volvió a ser igual.
¡Qué decir de las guerras! Mientras los pobres europeos prefirieron emular durante un siglo las refriegas entre Armagnacs y Borgoñones, que terminaron dramáticamente en la Gran Guerra, aparecieron los dos colosos que Tocqueville había anunciado casi un siglo antes: al Oeste, los Estados Unidos; la URSS en el frío Este. Y lo hicieron como el pensador anunció: casi sin que los que dirigían hasta entonces el mundo se dieran cuenta. Siempre es así. Ha vuelto a suceder con China, que parecía que sólo amagaba y a la que ahora le ha dado por empezar a mandar. Sucederá, quizás, con Brasil.
Observemos que en todos los supuestos enumerados los fenómenos que se producen actúan, efectivamente, como aceleradores históricos. Un año en tales circunstancias excepcionales es como cinco, como diez años de los normales. Sucede en las revoluciones, sucede en las guerras, sucede, también, en las crisis económicas agudas. Demos algunas pinceladas sobre esto último.
La crisis de 1929 (y siguientes) barrió al presidente norteamericano campeón de la felicidad y el optimismo; unidos a la crisis nacieron y crecieron los fascismos italiano y alemán; en lo peor de la crisis nació la desventurada Segunda República española; la crisis descompuso en solo unos pocos años a la Francia beneficiada hasta el infinito a costa de la Alemania derrotada en el Tratado de Versalles… En todos estos supuestos un año volvió a ser como cinco, como diez.
Rodríguez Zapatero ha gobernado en España dos legislaturas: de cuatro años la primera; de ocho la segunda, pese haber disuelto las Cámaras anticipadamente. En Grecia, cuyo Gobierno conservador fabricó una realidad virtual incompatible con un modelo económico sostenible, los desconcertados electores barrieron de la faz de la tierra en pocos meses al presidente del PASOK (socialista), al considerar que su mando se prolongaba ya ocho o diez años lo menos. Y gobiernan, de nuevo, los que gestaron y amamantaron el desastre. En tales circunstancias el besamanos al que llega es más intenso (como si de un nuevo Deseado se tratara) pero más efímero; y más breve es, también, el periodo de tolerancia en el que se admite sin impaciencia echar las culpas al que ya no gobierna del estado del Presupuesto, del tiempo atmosférico y de la muerte de Manolete.
La noche misma de las elecciones andaluzas y asturianas, un amigo “algo del PP”- aún cuando no haya tenido nunca militancia- me felicitó por lo que entendía como “el inicio de la remontada del Partido Socialista”. Dije que no, que no se trababa de un cambio de tendencia sino de un acto de resistencia ante la avalancha conservadora, pues el cambio de tendencia todavía no toca. María Dolores de Cospedal lleva gobernando sólo tres años, y no es lógico que haya cambio de tendencia al menos hasta los ocho (allá por 2014); Mariano Rajoy un año y medio, por lo que cabe hacer igual consideración.
Mi amigo no me tomó en serio, y por eso le expliqué este asunto de los aceleradores históricos. Luego, al menos, reflexionó sobre ello. Por eso, quizás, añadí un elemento más a esta peculiar teoría: si quien gobierna optara por conservar eso que se denomina Estado del Bienestar en vez de demolerlo; si sus recetas económicas no sólo funcionaran sino que, además –y sobre todo-, no lastraran siempre a los mismos, es seguro que el acelerador histórico se ralentizaría. En otro caso, la gente está avisada, la propaganda suele servir de poco. Ni le sirvió al PSOE, ni le servirá al PP. El voto es un arma demoledora y tanto fundamento tiene el del pastor como el del catedrático, el del parado como el del banquero. La propaganda crea una realidad virtual, contrapuesta a la tangible, a la de cada día, pero al cabo del tiempo se vuelve en contra de quien la practica. Como si del retrato de Dorian Gray se tratara, llega un día en el que, de repente, el pueblo descubre todas sus miserias, todas sus debilidades, todas sus groserías. Y ese día reacciona, airado, contra sus mandatarios.
Mientras escribo estoy oyendo a De Guindos refutar ante las cámaras de televisión la necesidad de que España acuda al Fondo de Rescate para sanear la banca. Si él lo dice, no seré yo quien lo cuestione. Atentos.
P.D. En los dos últimos años he escrito 72 artículos en este periódico digital. He intentado no maltratar a nadie, aunque algunas veces haya enfatizado en exceso aquellas ideas que quería resaltar. He escrito con total libertad: ni una sola letra me ha sido cuestionada, ni una sola corrección sustancial hubiera aceptado. Este es el último artículo que publicaré en una temporada de duración incierta, y por eso es tiempo de dar sinceras gracias al Director del periódico y, también, a aquellos lectores que hayan tenido aliento suficiente para leer mis reflexiones no siempre fáciles de digerir. Estoy seguro de que ustedes, como yo, opinan igual que mi admirado Voltaire: “No puedo estar de acuerdo con lo que decís, pero defenderé hasta el final vuestro derecho a decirlo”. La tolerancia en un gran valor, antes y ahora.
Un abrazo y hasta otra.
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